Hemos hablado en otras ocasiones
de la elección de San Vicente en aquel año de 1425, pero esta vez vamos a
dedicar este artículo a tratar de aproximarnos a como era la vida cotidiana de
los zalameños de aquel tiempo, los usos y costumbres de nuestros antepasados
que vivieron hace casi 600 años.
Pero antes de empezar nos situaremos en el contexto
histórico de esa época. Había transcurrido poco más de 150 años desde que Zalamea había sido
conquistada a los musulmanes, y después de algunos avatares políticos entre
Portugal y Castilla fue incorporada a
este último reino, castellanizando el nombre árabe (Salameh o Salamya) convirtiéndolo en el que hoy tiene: “Zalamea.
Pertenecíamos entonces al señorío
eclesiástico del arzobispado de Sevilla, al que había que pagarle los
correspondientes diezmos y tributos.
En un momento entre 1279 y 1400,
Zalamea había adquirido la condición de “Villa”, ya que hasta entonces era
reconocida simplemente como “lugar”. No era simplemente una cuestión de nombres;
en aquella época había una diferencia notable entre “lugar” y “villa”, el
primero era un conglomerado de casas agrupadas
y calles con una organización y un
gobierno muy rudimentario, mientras que la “villa” era una población jurisdiccionalmente
reconocida, con sus instituciones y cargos de gobierno ya establecidos que en
el caso concreto de Zalamea eran: dos alcaldes ordinarios, de los cuales uno
debía quedar siempre en el pueblo cuando el otro se ausentaba; cuatro
regidores, equivalentes a lo que hoy son los concejales; un mayordomo que
administraba los bienes municipales y un alguacil que hacía las veces de
policía. Las decisiones que afectaban al conjunto de la población se tomaban
mediante un sistema denominado “concejo abierto” que consistía en reunir en un
lugar público a los denominados “hombres buenos” del pueblo y que solía celebrarse en la calle de la plaza,
actual avenida de Andalucía, ante las Casas de Concejo, lo que hoy llamamos
Ayuntamiento, o en el porche de la Iglesia. Los “hombres buenos” no eran todos
los hombres del pueblo y no significa que los demás fueran “malos”, con esa
expresión se designaban a los cristianos viejos que ostentaban la propiedad de
tierras o bienes. Por cierto, probablemente la elección de San Vicente se
produjo en un concejo abierto que se celebraría aquel 25 de marzo en la puerta de
la iglesia.
Aunque carecemos de datos
precisos, podemos decir que en aquellos años la población se agrupaba e torno a
un conjunto de calles y casas conformando un triángulo irregular entre la Iglesia, el Ayuntamiento actual y la
Plaza de Talero con una prolongación hacía el norte, Cabezo de Martín y otra
hacía el sur por la actual calle Ruiz Tatay; el suelo era de tierra y las casas
en su mayor parte de piedras o adobe, en este caso solían enjalbegarse para
protegerla de la erosión del agua. y
disponían generalmente de un solo cuerpo en el que se hacía toda la vida,
lavarse, dormir y cocinar, y disponían de amplios corrales con paredes de
piedras en los que solía haber zahúrdas en las que se podía criar un máximo de
dos “cochinos”, conejera, gallinero e incluso un pequeño huerto con el que se
ayudaba a la subsistencia de la familia. Las necesidades fisiológicas de
evacuación se hacían en el exterior, para lo cual se habilitaba en algún lugar
del extenso corral una especie de foso que una vez lleno se tapaba convenientemente.
Sólo las familias acomodadas poseían viviendas con una o dos habitaciones. En
los alrededores del pueblo había, así mismo, un cinturón de huertas y terrenos cercados que eran
trabajados por algunas familias. También había una importante población
diseminada por todo el término entre las que cabe destacar núcleos ya
consolidados como El Buitrón, El Villar, Abiud y Buitroncillo, estos dos
últimos hoy desaparecidos
Los zalameños vivían entonces
especialmente de la agricultura y la ganadería, explotándose las dehesas y
tierras comunales denominadas bienes de propios de los que se extraía madera y
bellotas, producto fundamental para la alimentación del ganado y también humana,
para lo cual todos los vecinos salían en otoño a las dehesas y a una orden del
mayordomo elegían una encina y recogían su fruto, no pudiéndose acaparar más de
una ni pasar a otra hasta que no
estuviese terminada la primera. Eran también abundantes la viñas, y se
cultivaba cereales y lino, este último muy importante porque con él se
fabricaba un tejido muy utilizado para confeccionar la ropa de la época. Desde
luego había algunos que poseían su propias tierras en forma de “heredades” y
que constituían la élite social, económica y política de entonces. Contaba también
el pueblo con una boyada municipal donde los vecinos podían llevar sus propios
animales para que fuesen cuidados por un boyero, elegido todos los años y cuyo
sueldo pagaba el concejo. Existen indicios de una incipiente industria
artesanal de cueros, tejidos de lino, miel y cera. Contaba el pueblo al menos
con una carnicería, una panadería y despachos de vino.
Nuestros antepasados se
levantaban momentos antes del amanecer. con el canto del gallo o con el toque
del ángelus y se empleaban en sus quehaceres habituales en sus propias tierras
o sirviendo a algún otro propietario; los niños a partir de los diez o doce
años también trabajaban (no había escuelas) y contribuían al sustento de las
familias acompañando a sus padres en sus tareas o sirviendo al dueño de las
tierras o ganado, trabajo del que regresaban, ambos, padre e hijo, al oscurecer. Mientras tanto, las mujeres y
las niñas desde que tenían uso de razón, se ocupaban de las tareas de la casa y
cuidado de sus hijos o hermanos menores, salían a buscar las provisiones
necesarias y cocinaban los alimentos o hacían el pan en su propia casa si no
disponían de recursos para comprarlo.
Normalmente las comidas del día
eran dos, el desayuno al levantarse y la comida principal al mediodía o por la
tarde y sólo en algunas ocasiones, si había disponibilidad, se hacía una cena
muy ligera,. En todas ellas las gachas
de cereales o higos, las tortas de harina de bellota, las ollas con
pies, manos e intestinos de animales, constituían la base principal de los
platos, acompañados tal vez por un poco de leche, en ocasiones algo de carne y
quizá queso de elaboración propia, alguna vez aderezado con algo de vino que se
acostumbraba a beber por la mañana. La fruta era un artículo de lujo .No era
habitual el consumo de pescado, pero alguna que otra vez comían sardinas traídas en barricas con sal ( de ahí lo de
sardinas embarricadas)
En la plaza, ante las propias
casas del Concejo, hoy el Ayuntamiento, se instalaba periódicamente un mercado
y las transacciones se hacían utilizando los pesos y medidas controladas por el propio concejo. Para pesar
se utilizaba la libra, unos 400 gramo y el almud, aproximadamente unos 8 kilos
y para medir líquidos el azumbre, alrededor de dos litros y medio, y la arroba.
Para medir distancias nuestros antepasados utilizaban la vara que medía unos 88 cm, y que era la altura que
normalmente debían medir las paredes de los terrenos cercados, vara que
habitualmente llevaban los alcaldes ordinarios, antecedente de la que hoy portan simbólicamente nuestros
primeros ediles; también usaban la soga toledana equivalente a unos 8 metros;
la soga de medir las majadas y el palmo eran también medidas comunes entre el
pueblo y para las distancias largas se utilizaba la legua, la distancia que podía recorrer un hombre
andando en una hora.
Aunque muchas transacciones
comerciales se hacía aún cambiando unos bienes por otros, ya estaban en
circulación en Zalamea monedas que se
usaban para pagar la carne, el pan o productos elaborados como velas,
candiles, cántaros o las multas que imponía el Concejo por la infracción de las
ordenanzas en vigor. Las más habituales eran el maravedí, unidad monetaria de
referencia, el real de vellón (34 maravedís) la blanca (medio maravedí) y el dinero (unos siete
maravedís)
Como no existían relojes, salvo
uno de sol que se situaba normalmente en la fachada sur de las iglesias,
denominado “reloj de misa”, nuestros antepasados se regían por la posición del
sol, o por los toques de campana que se realizan puntualmente desde el
campanario: ángelus, ave maría, ánimas, vísperas y completas. Esta última
indica la hora de recogerse. Las calles del pueblo se quedaban a oscuras y dentro de las casas se alumbraban con un
candil alimentado con una mecha y grasa de animal.
En las casas familiares vivían
también los abuelos porque cuando su estado físico o enfermedad les impedía
trabajar, su única manera de subsistir era ser acogido por sus hijos o hijas a
los que ayudaban en la medida que les
permitía su estado porque no tenían otros ingresos. La esperanza de vida estaba
entre los 35 o 40 años, pero eso no quiere decir que no hubiese personas que
alcanzaran una edad más avanzada. Cuando algún miembro de la familia enfermaba,
no tenemos constancia de que existieran en aquel momento médicos ni
instituciones sanitarias, se aplicaban
remedios naturales que se transmitían de padres a hijos y si la enfermedad revestía
cierta seriedad se acudían a sanadores especializados (curanderos). Los había
que curaban las verrugas, los culebrones, el “mal de ojo”, o el “mal de
vientre”, pero cuando alcanzaba una especial gravedad, epidemias de peste,
viruela o cólera morbo, se recurría a la religión. Recordemos que el motivo de
la elección de San Vicente fue una epidemia de peste, “pestilencia”, según
indican las reglas de 1425.
Cuando alguien fallecía, después
del correspondiente velatorio, su cuerpo era trasladado envuelto en un paño en
unas “andas”, una especie de parihuela, y
eran enterrados en el interior o
alrededores de la iglesia o ermitas, puesto que no había cementerio. La iglesia
y la torre eran más pequeñas que las
actuales y solo tenemos constancia de tres ermitas en el término: la de Santa
María de Ureña (San Blas), la de San Vicente y la de Santa Marina en el Villar. Claro que
dependiendo de su estatus social eran
inhumados dentro o fuera del edificio.
Como no había servicios funerarios, para que las honras fúnebres,
acompañamiento en el entierro, misas por su alma, etc. Se realizaran
convenientemente era necesario que se dispusiera de bienes o que el finado formara parte de alguna
hermandad religiosa, que se ocupaba de todo, de lo contrario prácticamente era
enterrado en el anonimato en alguna fosa de un lugar discreto.
Estas son sólo algunas pinceladas
que nos traen un reflejo de la vida cotidiana de los zalameños en aquel lejano
1425, del que pronto, dentro de dos años, conmemoraremos el 600 aniversario de la
elección de San Vicente como patrón.
Seis siglos.