domingo, 6 de septiembre de 2026

EL COSTE DE LA VIDA EN LA ZALAMEA DEL SIGLO XVI


Çalamea, señorío del arzobispo de Sevilla, el muy ilustrísimo y reverendísimo D. Cristobal de Rojas y Sandoval. Año de nuestro señor de  1572.

Pascuala era una mujer que rondaba la edad de 36 años. Ni ella misma podría asegurar cuál era la fecha de su nacimiento. Estaba casada con Pero Prieto, pastor al servicio del hacendado Martín González. Viven en una casa de un solo cuerpo pero con un amplio corral al final de la calle Rollo, camino  del Señor San Sebastían.

De su unión habían tenido 6 hijos, dos de los cuales fallecieron al poco de nacer. Los cuatro que habían sobrevivido eran Bartolomé, de 16; Juliana, de 14; Martín, de 11; y Elvira de 8.

El mayor, Bartolomé, desde que cumplió los doce años acompaña a su padre en las tareas de guarda de las piaras de cabras, ordeñando, recogiendo el estiércol y  cuidando de la boyada del patrón. Salen cada día al amanecer y no regresan hasta dejar recogido el hato en los corrales del amo aquí en la villa, ya oscureciendo porque las heredades de Martín González donde deben llevar las cabras a pastar se encuentran a media legua del pueblo. Reciben a cambio por su trabajo media arroba de leche y de tarde en tarde algún que otro chivo.

Juliana, su segunda hija, trabaja de sirvienta en la casa de los amos, que a cambio le proporcionan la comida del día e incluso le dejan, cuando las tareas de la casa lo permiten, en un acto de caridad cristiana, que reciba algunas lecciones de lectura y escritura a la par que sus hijos para que aprenda a escribir su nombre.

Martín, el menor de los varones quedaba en casa y reparte por la villa, con permiso de los regidores, en unos casos vendida y en otros cambiándola por otros productos, la leche que el patrón permite que Pero Prieto se guarde para sí diariamente en pago de sus servicios, de él y de su hijo.  Aunque la mayor parte de esa leche la utiliza su madre para elaborar queso, que él también vende.

Martín lo hace con esmero; a pesar de su corta edad se había convertido en un experto comerciante. Aunque no sabía leer ni escribir, su padre le había enseñado a contar usando los dedos de la mano y la identificación y el valor de las monedas más usuales en Çalamea: el real, el maravedí y la blanca . Y tenía conocimiento del valor de los productos que los vecinos, en algunos casos, le ofrecían a cambio. La leche la llevaba en una cántara de cerámica introducida en uno de los serones de un pequeño y viejo asno. En el otro llevaba queso y mantequilla y en el que depositaba también los artículos que los vecinos le daban a cambio. Llevaba como medida para la leche un cuartillo para líquidos, que vendía a razón de quince maravedís cada uno. El queso fresco y curado y la mantequilla de cerdo lo vendía a 5 maravedís la libra.  

     Cuida de que no te engañen y cuando dudes responde siempre “se lo preguntaré a mi padre” —le repetía Pero Prieto insistentemente.

Después al volver a casa debía encargarse de limpiar el gallinero que tenían en el corral, echarle yerba a los conejos y limpiar la zahúrda, donde su padre criaba un cerdo con licencia del concejo, y vaciarle los desperdicios de la comida. El resto del tiempo, que era poco, lo dedicaba a jugar con sus primos, de edades parecidas a la suya, que vivían en la casa de enfrente, juegos que debían terminar antes de que oscureciera.

Esa mañana, Pascuala, antes de terminar las tareas de la casa, se arregló las enaguas de color gris que le llegaban hasta los tobillos, se sacudió el delantal, se echó a los hombros una pequeña toquilla y se cubrió la cabeza con un pañuelo atado por debajo del mentón, después cogió a Elvira de la mano, le dio un pequeño cesto con media docena de huevos, advirtiéndole:

     Llévalos con cuidado, Elvira, no vayan a romperse.

 Después salieron, el cielo está nublado, pero no llueve, bajaron la calle, pasaron junto al rollo que estaba al final de la cuesta, justo al comienzo de la calle de la Plaza, torció a la izquierda en dirección a la calle Manovel. Allí había una “panilla” donde se vendía aceite, vino y vinagre. Entró y pidió un azumbre de vino que costaba 10 maravedís y un cuartillo de aceite cuyo valor era de 14 maravedís. Le ofreció al panillero la media docena de huevos para que se lo restara del precio total. El buen hombre miró con expresión paciente a Pascuala y después de observar los huevos y sopesarlos con las manos, aceptó. El precio de los huevos  estaba a 4 maravedís cada uno, pero él le regateó:

     Pascuala, sólo puedo darte 11 maravedís por la media docena. Son huevos pequeños.

La mujer aceptó resignadamente. Buscó en una bolsilla que traía escondida detrás del delantal y extrajo seis monedas de a dos maravedís y dos blancas para pagar la diferencia.

Salió de nuevo a la calle, miró al cielo para ver si amenazaba lluvia y siempre cogiendo de la mano a su hija,  volvió, cortando por el pago de la Alameda, a la calle de la Plaza, accediendo por la calleja de la cárcel. Allí se encontró con Petronila, su prima por parte de madre, la mujer de Juan Esteban, que se agachó a besar  a la pequeña y le dijo que venía de la carnicería de comprar algo de carne.

     Los precios se han puesto por las nubes, Pascuala. Con la sequía la carne ha subido una barbaridad, fíjate que esta libra de carne me ha costado 28 maravedís y esta saquillo de sal 3 blancas.

     Gracias a Dios, aún me queda una pierna de carne del último chivito que el amo le dio a mi marido. Voy ahora a comprar algo de pan.

Se despidieron quedando al atardecer  para ir juntas, como de costumbre, a cumplir su novena a San Vicente, porque había que ver lo lejos que quedaba su ermita.

Pascuala llegó a la panadería que estaba en la calle de la Cruz y pidió una hogaza de pan moreno que costaba un real de vellón y una libra de harina por el que le cobraron 4 maravedís y una blanca, con la harina tenía pensado preparar unas gachas para el desayuno del día siguiente.

Pascuala inició el camino de regreso. Pasó de nuevo por delante del rollo, se fijó que había colgado un rulo que con seguridad contenía algunas penas impuestas a vecinos que habían incumplido las ordenanzas municipales. Aunque se colocaba para público conocimiento, nadie las miraba, la inmensa mayoría de los vecinos, al igual que ella, no sabían leer. Pero había que tener cuidado con las multas, últimamente los alcaldes ordinarios estaban siendo muy rigurosos. Se ve que el concejo tenía que hacer frente a gastos e impuestos y al final todo repercutía en ellos. Ella misma vendía queso fresco en su casa y hacerlo sin permiso del concejo conllevaba una multa de 50 maravedís, por no hablar si te sorprendían lavando en la fuente de la Alameda o la de Alonso Miguel. Debías pagar una multa de 24 maravedís.

Pensando en ello llegó a su casa. Una vez allí le dijo a su hija:

     Elvira, aviva el fuego de la chimenea y pon a calentar una cazuela con agua, voy a preparar las gachas.

—En ese momento llamaron a la puerta. Abrió el postigo. Era Juana, la mujer de Andrés Gómez, vivían en la calle de las Fuentes.

     Pascuala, ¿tienes queso?

     Algo me queda.

     Dame media libra. Mañana te pago.

     Bien, Juana, pero no lo olvides, son dos maravedís y una blanca.

Después de entregárselo, Pascuala se sentó delante del fuego en una especie de sillita baja con asiento de anea, dio un profundo suspiro. Su hija se le acercó y se agachó junto a su regazo. Ella, sin decir nada, la besó en la cabeza. Echó la harina en la cazuela que ya había empezado a hervir.

¡Qué difícil era sacar adelante a la familia en estos tiempos! ¡Y ellos eran seis a comer!

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El siglo XVI fue un siglo fundamental para la historia de Zalamea. En él se produjeron hechos que tuvieron después una gran transcendencia en la vida ordinaria de nuestro pueblo. En 1535 se aprobaron unas ordenanzas que regularon la vida de los zalameños durante mucho tiempo. El original de esas ordenanzas, un códice de valor incalculable, se conserva aún y se guarda celosamente en el Ayuntamiento. En el último tercio de ese siglo se comenzaron probablemente las obras para agrandar la Iglesia y darle la configuración que hoy tiene. En 1580 se fundó la Hermandad de la Vera Cruz, germen de la Semana Santa actual y por último en junio de 1592, el hecho más importante: después de un proceso largo y costoso, no exento de dificultades, Zalamea se emancipa del señorío arzobispal, otorgándole el rey  Felipe II una carta de privilegios que la proclama “Villa de sí y sobre sí”, dueña de su propia jurisdicción.

Pero fue también un siglo lleno de grandes problemas para la gente común. Las crisis económicas por la que atravesó la monarquía, el alza de los precios provocada por la llegada de metales nobles de América  y la inflación causada por las frecuentes sequías repercutió enormemente sobre la población.

Hemos recreado en la primera parte, de manera ficticia, lo que debió ser el día a día de una familia cualquiera de Zalamea en aquellos años y aclararemos a continuación algunos términos para hacerla más comprensible.

La esperanza de vida se situaba alrededor de los 40 o 45 años, lo que no quiere decir que no hubiese personas que superasen ampliamente esa edad. Nuestra protagonista tenía pues una edad avanzada para la época. La mortalidad infantil era muy elevada, se calcula que el 25% de los nacidos no llegaban al primer año de vida, por lo que no era extraño que dos de los hijos de nuestra familia hubiesen fallecido  al poco de nacer.

Aquella Zalamea, Çalamea a secas aún en los documentos, era un pueblo del que dependía un extenso término en el que habitaban alrededor de unas 3000 personas (alrededor de unos 800 vecinos), aunque en la villa no se sobrepasase los 1500. El resto estaba repartido por núcleos rurales. La calle Rollo es la actual Ruiz Tatay, estaba en el camino a la ermita del señor San Sebastián, hoy dedicada a La Pastora; la calle de la Cruz es la calle donde se encuentra hoy el teatro y la panificadora. La “panilla”, por extensión, en Zalamea era un establecimiento donde se vendía aceite, vino y vinagre, y puede que también algún otro artículo de consumo. El rollo era una columna de piedra o mampostería coronada por una cruz donde se colocaban las sentencias del alcalde mayor o de los alcaldes ordinarios. Probablemente estaba situado al final de la calle de la plaza, al inicio de la actual calle Ruiz Tatay.

 Las monedas en uso, en la época en la que hemos situado la recreación, eran: el maravedí (unidad monetaria de referencia) cuyo valor actual aproximado, sería unos 0,10 €; la blanca (medio maravedí); el dinero, nombre derivado del “dinar” árabe ( de valor muy variable); el real (34 maravedís); el ducado (375 maravedís); el escudo (400 maravedís); el doblón (2 escudos). Sin embargo, las de uso habitual por su valor entre la gente común eran el real, el maravedí y la blanca. Sus valores fluctuaron mucho a lo largo del siglo, pero nosotros nos hemos aproximado al que debieron tener en el año referido.

Las medidas más frecuentes usadas en la época eran la fanega, el almud, la arroba para líquidos (16 litros) la arroba de aceite (12 litros) el azumbre (2 litros) el cuartillo de líquidos (1/2 litro) la libra (400 gramos) Naturalmente sus equivalencias con las medidas actuales  son aproximadas.

Los precios de los alimentos y productos más comunes en la década de 1570 eran , con las lógicas reservas derivadas de la variación de precios de un año a otro por la inflación, los siguientes (damos también su equivalencia aproximada en euros actuales):

Una docena de huevos: 48 maravedís (Unos 4 euros actuales)

Un pollo: 40 - 50 maravedís (4-5 euros) La gallina valía el doble.

Una libra de carne: 28 maravedís (unos 2,5 € actuales)

Una hogaza de pan (poco menos de un kilo): un real (unos 3 €) Su precio varió mucho en razón de la cosecha.

Un azumbre de vino (2 litros): 8-10 maravedís (1 euro)

Una libra de queso: 5 maravedís (0,5 euros)

Un cuartillo de leche (1/2 litro) :15 maravedís (un euro y medio)

Un cerdo: 50 y 100 reales (entre 150 y 300 euros)

Una fanega de trigo: 22 reales ( 70 €)

Una libra de tocino (400 gramos): 15 maravedís (1 -2 €)

Una sardina en salazón (embarricada): 3-4 maravedís (0,40 €)

Una libra de higos secos: 10 maravedís (1 euro)

 

Para tener una referencia del poder adquisitivo de una familia, pensemos que en la época de la que hablamos el salario medio de un trabajador, dependiendo de su cualificación,  podía estar entre los 50 o 80 maravedís diarios (entre 5 y 8 €). Con lo que apenas daba para comprar una o dos hogazas  de pan y una libra de tocino. Además los “amos” o “patrones” rara vez pagaban en metálico. Solían hacerlo en “especie”; por ejemplo a los pastores les solían dar un poco de leche, algún chivo o lechón y ocasionalmente algunos maravedís. A los criados les pagaban con la comida.

Para complementar sus salarios y atender a las necesidades, las familias criaban en los corrales de sus casas conejos, gallinas y algún que otro cerdo y cultivaban verduras, y cuando había excedentes, huevos, ajos o pollos, los intercambiaban por los productos que compraban completando en metálico la diferencia.

En aquellos tiempos la gente humilde acostumbraba a realizar dos comidas, una por la mañana y otra por la mediodía. Por la noche, cuando se podía, se tomaba algo ligero. La alimentación se basaba fundamentalmente en gachas (una especie de sopa espesa elaborada con harina, agua, aceite, ajo y sal),  la completaban con pan, queso, cebolla, tocino,  alguna que otra vez sardinas en salazón (embarricadas) y muy raramente algo de carne, en general acompañado de vino. El consumo de fruta era un lujo: normalmente traída desde fuera, lo usual era tomar la de temporada, como el caso de las brevas y los higos. Cuando la harina estaba muy cara, se sustituía por harina de bellota que se molía en la propia casa y con ella se elaboraban las gachas o se hacían  tortas de bellota que a veces se untaban con un poco de manteca.

El coste de la ropa era otro aspecto a tener en cuenta; normalmente se fabricaban a partir de productos locales; en el caso de Zalamea, el lino, la lana y estopa. Eran artículos muy preciados y las vestimentas se reutilizaban hasta límites insospechados. Los niños utilizaban la ropa, no ya  de sus hermanos mayores, sino la de sus padres e incluso de sus abuelos, convenientemente remendadas y arregladas. Una prenda nueva era un artículo de lujo.

El suspiro de Pascuala estaba más que justificado. En verdad que sacar adelante una familia, que generalmente solía ser numerosa, no debió ser cosa fácil.

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Pie de foto para la ilustración : Recreación del aspecto que debía tener la ermita del señor San Sebastián en el siglo XVI.

viernes, 4 de septiembre de 2026

LOS PILARES CULMINADOS EN UNA CRUZ DE HIERRO EN ZALAMEA.


Cualquier persona observadora que pasee por las calles de Zalamea habrá reparado en la existencia de unos pilares en forma de prisma cuadrangular culminados por una cruz, que  en general, aunque no todos, se encuentran empotrados en la pared de una casa. Quizá alguien haya sentido curiosidad y  se haya preguntado qué hacen allí  y cuál es su origen.

Pues bien, en este artículo vamos a tratar de dar respuesta a  algunas cuestiones relacionadas con estas cruces y su posible origen, así como la función que realizaban, ya que puede que  todas no sean de la misma época ni cumplieran el mismo cometido.

Hemos localizado en Zalamea cuatro de ellas que se encuentran en un buen estado y dos que se conservan parcialmente, una de estas prácticamente desaparecida, conservándose sólo la cruz en el interior de una ermita. Las cuatro primeras están en los siguientes lugares: una en Calle Ruiz Tatay, justo encima del altozano; otra en la calle San Sebastián, en la acera frente a la ermita de la Pastora; la tercera   al comienzo de esa calle cerca de la rotonda de Pérez Cubilla; la cuarta se encuentra próxima a la ermita del Sepulcro y es la única de ellas que no está empotrada en la pared de una casa. Las otras dos, conservadas parcialmente,  son:  la que está sobre la mitad de la calle Canterrana, en la que solo aparece el pilar y no tiene la cruz que lo culmina que está hoy en poder de un particular; la cruz  ha sido sustituida por un columnita de época romana colocado en posición invertida; de la  segunda solo se conserva la cruz colocada hoy en el interior de la ermita de la Pastora, que suponemos, sin poder afirmarlo categóricamente, que debió de formar  parte de otro pilar cuya ubicación desconocemos.

Estos pilares constan de una base en forma de prisma cuadrangular que soporta otro de mayor altura y más estrecho que acaba en una pirámide o en un cono en el que se encuentra asentada la cruz de hierro. La altura total oscila entre los dos metros y los dos metros y medio. Generalmente todas están enfoscadas y pintadas con cal o pintura blanca, excepto la de la calle Ruiz Tatay, a la que se le ha quitado el recubrimiento y se ha dejado a ladrillo visto.

Como dijimos al principio, el origen de estas cruces puede ser distinto según los casos. Opinamos que algunas de ellas pudieran ser las llamadas “cruces de término” Estas cruces eran colocadas en la Edad Media en la entrada de los pueblos que habían alcanzado la consideración de “Villa”. Zalamea debió alcanzarla en algún momento entre 1279 y 1408, hasta entonces había sido simplemente un “Lugar”. Esto no era una cuestión sin importancia, las “Villas” tenían cierta autonomía jurisdiccional y sus propios órganos de gobierno. El fin de estas “cruces de término” era advertir a los transeúntes o mercaderes que el pueblo tenía jurisdicción propia. Las entradas principales de Zalamea en la Edad Media y principio de la Edad Moderna en Zalamea eran tres. Una de ellas llegaba desde el sur por la que hoy es carretera   de El Romerito (aún se puede observar en la pared que delimita esa carretera el hueco, casi derrumbado, donde se colocaba el almojarife para recaudar los impuestos que debían pagar las mercancías que entraban o salían del pueblo -el almojarifazgo-). Otra accedía por el noreste entrando en el pueblo por la Fuente del Fresno, y la tercera venía desde el oeste y hacia su entrada por la Zapatera y el valle de San Vicente, aunque posteriormente derivó un poco más arriba, por la calle Alameda.

Otro posible origen es que algunos de estos pilares fueran levantados en el pasado, entre los siglos  XIII al XVI, como “humilladeros”. Eran estructuras muy similares a las cruces de término, pero estaban destinados a que los viajeros que entraban o salían del pueblo rogaran a Dios, arrodillados, protección y que diese buen fin al objeto de su  viaje. Son muchos los pueblos que conservan hoy estos “humilladeros” a pesar de  que las Cortes de Cádiz en 1813 ordenaron su demolición; algunos de los cuales están en el interior de una especie de capillita sostenida por cuatro arcos. La “Cruz del Campo de Sevilla”, que aún puede contemplarse, era uno de estos “humilladeros”.

La influencia de la temida Inquisición fue determinante en el uso de estas estructuras como muestras de la devoción y del sentido religioso que debía presidir cualquier acto tanto público como privado.

Hagamos un paréntesis para referirnos al de la calle Ruiz Tatay, que fue identificado durante mucho tiempo como el “Rollo”, que era  una columna coronada por una cruz donde se colgaban las sentencias de los alcaldes mayores o de los alcaldes ordinarios  con las penas impuestas a los delincuentes o a los infractores de las ordenanzas. Hoy nos inclinamos a creer que se trata más bien de una cruz de término o humilladero ya que las referencias de la época nos hacen pensar que el “rollo” debió estar situado más próximo al centro, probablemente al inicio de la cuesta de aquella calle, que ha sido conocida por ese motivo durante muchos siglos como la calle Rollo.

Con el tiempo, en el del siglo XVI, aquellos pilares terminados en una cruz, ya fuesen “cruces de término” o “humilladeros” comenzaron a  tener otro cometido. La fundación de la Hermandad de la Vera Cruz en Zalamea en julio de 1580  añadió otra función más a estas cruces. Fueron probablemente utilizadas, si no todas, algunas de ellas, como estaciones de aquella primitiva procesión de la hermandad, con sus hermanos de luz y hermanos de sangre, durante la madrugada del viernes santo, germen de nuestra Semana Santa actual. Hoy nos preguntamos si aquellas cinco estaciones a que hacen referencia sus antiguas reglas pudieron tener alguna relación con las cinco cruces que hoy conocemos o se trata de una simple coincidencia; también pudieron ser objeto de  alguna ceremonia durante las fiestas de exaltación de la cruz que esta misma hermandad celebraba a primeros de mayo. No hay que descartar tampoco que alguna fuese construida con ese motivo.

              Posteriormente, pudieron formar parte, probablemente, de las estaciones del antiguo Vía Crucis, fundado en 1750 por Fray Mateo de Ávila, anterior al que hoy se practica, fundado en 1776. Desde luego lo que sí es evidente es que la actual Vía Sacra ha utilizado como una estación más el pilar y la cruz situada a la entrada del pueblo por el oeste que se encuentra antes de acceder al Sepulcro desde el cabezo de Martín.

A la espera de hallar documentación que determinen con exactitud su origen y función, solo podemos elaborar hipótesis, relacionándolas con hallazgos similares encontrados en poblaciones con el mismo contexto histórico o con los estudios existentes sobre construcciones de parecida factura.

En cualquier caso merecen ser valoradas y conservadas como testimonios vivos de la historia de Zalamea desde la Edad Media y cuya interpretación sigue planteándonos un reto a todos los zalameños.

 


miércoles, 2 de septiembre de 2026

LA FIGURA DEL PREGONERO EN LA EDAD MEDIA Y MODERNA EN ZALAMEA

 


            En una época en que no había otro medio que la palabra para comunicarse con el resto de las personas, época en la que no había imprenta, radio, televisión, boletín oficial del estado, internet, móviles ni redes sociales, la existencia de alguien que comunicara a los ciudadanos  las decisiones de las autoridades municipales o las noticias de interés general, de alguien que oficialmente cumpliera esa función era fundamental. Y ese alguien era el pregonero. Una figura que ya era conocida en la antigüedad clásica, especialmente en el mundo romano como el “praecones” derivado del verbo latino “praeconare” cuya significado es dar a conocimiento público una noticia.

            Veamos como aparece esta figura en la España Medieval. Las primeras referencias al uso del pregonero para divulgar noticias aparecen en el  Poema del Mio Cid cuando se refiere a una especie de bando que Rodrigo Díaz de Vivar ordena divulgar en los territorios bajo su dominio en Navarra y Aragón; en el reino de Castilla en el Fuero Viejo de Alfonso  VIII, a principios del siglo XIII, aparecen también referencias en las que se especifica el lugar donde debían realizarse el pregón y la forma: “a grito herido”, es decir en voz todo lo alto que fuera posible; y  finalmente también se menciona en el Código de las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio, de mediados de ese mismo siglo, en el que se establecen algunas de las funciones del pregonero, entre las que estaba acompañar al reo a cumplir el castigo, revelando el delito y la pena impuesta.

            Generalmente la difusión hecha por el pregonero, que en ocasiones era denominado como el corredor público, debía ser certificada por un escribano que daba fe de que el texto había sido puesto en conocimiento del pueblo.

            Pero veamos cuando aparece en Zalamea y las referencias que hay en nuestro pueblo al pregonero y su cometido.

            Las primeras noticias nos llegan en las antiguas reglas de la hermandad de San Vicente en 1425. En ellas se hace mención específica al pregonero en el capítulo 14 cuando al hablar del arrendador de las tierras y casas de la hermandad se dice concretamente “…el tal sacador en que se rematare las tierras y casas sean obligados a pagar los dichos pregoneros y el escribano porque no han de pagar los priostes cosa ninguna y así se ha de pregonar” Quedaba claro que había que publicar el acto de arrendamiento y para ello se hace uso del pregonero y del escribano que debía certificar tanto el acto del pregón como los documentos de arrendamiento. Tenemos, pues, aquí la primera referencia documental a la existencia del pregonero en la Edad Media zalameña.

            Mas tarde en la Ordenanzas Municipales de 1535, aunque entre los cargos y oficios municipales no se menciona al pregonero, sí hay varias referencias al uso de esta figura. Entre los cargos municipales, en las ordenanzas, sólo se concreta la existencia, además del alcaide mayor, de dos alcaldes ordinarios, cuatro regidores, un mayordomo y un alguacil, el escribano era una función que se ejercía por turnos. ¿Quién pregonaba entonces? Tomaremos esa cuestión más adelante. Ahora nos referiremos a los capítulos donde consta la necesidad de hacer pregonar algunas cuestiones.

En primer lugar en el capítulo 8 se hace mención a poner en pregón la carnicería. El oficio de carnicero no era cuestión baladí y existía una carnicería que era controlada por el concejo y regulada en las propias ordenanzas por lo que había que dar publicidad mediante un pregón a los vecinos interesados a hacerse cargo de ellas.

 Por otro lado en el capítulo 68, referido a cuando se deben sacar las colmenas se establece “…que todos los que tuvieren colmenas que las saquen…dentro de los ocho días primeros desde que fuera pregonado”. La explotación de las colmenas, de las que se extraía miel y cera, era uno de las actividades económicas de más importancia en la Zalamea del siglo XV, XVI y XVII, y eran muchos los zalameños de la época que vivían de esta actividad, pero estaba regulada su práctica y la forma en que debía llevarse a cabo. Se pregonaba los periodos en los que los colmeneros podían sacarlas para no dar ventaja a nadie  y tenían un plazo de ocho días para hacerlo.

También en el capítulo 72 “De cómo han de salir los vecinos cuando se soltare algún fuego. En él se determina  que “…cuando acaeciere que se encienda un fuego, luego que los alcaldes, mayordomo o regidores lo supieren, lo hagan pregonar”  El fuego era el mayor peligro para los terrenos de propio  o comunales por lo que suponía de destrucción de una de las principales fuentes de riqueza de los zalameños de aquel tiempo. Se recurría entonces al pregonero para avisar de inmediato a los vecinos para que obligatoriamente saliesen todos los mayores de 14 años a apagarlo. Se recurría si era preciso a tocar con insistencia las campanas de la iglesia. Por cierto, costumbre que perduró hasta mediados del siglo XX.

Hemos hablado de la importancia de los terrenos de propio, entre los que se encontraban las enormes dehesas, base fundamental de la subsistencia de nuestros antepasados. Las ordenanzas establecían como debían cuidarse y apercibir  a los vecinos de su obligación de salir a acrecentar los encinares. Apercibimiento que se hacía lógicamente a través del pregonero, igualmente se hacía con el cuidado de las dehesillas o  dehesas de menor tamaño.

            De la misma manera se procedía con las “almonedas” es decir con la subasta pública de una función municipal, como era la guarda de la boyada, la manada de bueyes, donde los vecinos dejaban sus reses para ser cuidadas y llevadas a pastar. También con la recaudación de las rentas de la alcaidía. Todo ello debía hacerse con las debidas garantías de información para todos los interesados, y la forma de hacerlo era mediante el pregonero.

            En los siglos XVII y XVIII se hacía ya  un uso habitual de este personaje. Era el método para dar a conocer los “autos de  buen gobierno” es decir la órdenes o decisiones que toma el concejo para regular la vida ordinaria de los habitantes de Zalamea, decisiones que abarcaban asuntos muy diversos, desde el horario  de cierre de las “panillas”, establecimientos donde se vendía vino, vinagre y aceite, hasta las horas límite en la que la gente podía andar sola por las calles,  por lo común hasta las diez en invierno y las once en verano. Pues bien, estas decisiones eran dadas a conocer por el pregonero, normalmente en la plazuela de la iglesia, lo que seguramente es hoy el porche, a la salida de misa. Téngase en cuenta que en aquel entonces la misa del domingo era un acto obligatorio al que asistía prácticamente la totalidad del pueblo. La realización de este  pregón se hacía constar después en las actas mediante una certificación del escribano dando fe de su publicación.

Dejamos antes en el aire quién hacía las funciones del pregonero en los siglos XV y XVI. En localidades de mayor envergadura tenemos constancia de la existencia de esta figura como un oficio municipal, sin embargo en nuestro pueblo no hemos encontrado en ese periodo datos de alguien expresamente designado para cumplir esa función. Puede que debido a que no era necesario porque eran contadas  las ocasiones en que debía pregonarse un asunto. Posiblemente este cometido la cumpliese algún regidor o más probablemente el aguacil. No obstante en el siglo XVIII, quizá por el uso frecuente de esa figura para dar a conocer los acuerdos municipales es posible que ya hubiese designado alguien para cumplir con ese menester. Así, a través de una de esas certificaciones en las que se hacía constar el acto del pregón, en el año 1752, nos ha llegado el nombre de uno de los pregoneros. Se llamaba Juan Martín Garrido

Los lugares y horas en los que se hacían pregonar los bandos o avisos eran en los que habitualmente había concentración de personas. Los documentos nos hablan concretamente de “la plazuela de la Iglesia a la salida de misa, o después de los oficios divinos, en la calle de la plaza y otros sitios de  pública concurrencia, fuentes, mentideros….etc

            Aunque no tenemos constancia documental de cómo se desarrollaba el acto, para que podamos hacernos todos una idea describiremos a continuación un pregón que no debía ser muy distinto a lo que narramos  seguidamente:

            Un domingo, después de los oficios religiosos, el pregonero se sitúa en el porche de la iglesia, toca repetidamente un cornetín para advertir a los vecinos de que se va a comunicar algo de interés general y después de ordenar callar el alboroto lógico de la chiquillería tras un largo periodo de silencio y quietud en la misa, el pregonero, a grito limpio, para ser bien oído por todos,  proclama, haciendo pequeñas pausas para interesar al auditorio: “…se hace saber a todos los que esto oyeren… que el concejo de la villa de Zalamea la Real ha acordado en fecha 3 de febrero del corriente año de 1752,… que en adelante… los panilleros de aceite, vino y vinagre y los sitios y estancos de aguardiente… deberán cerrar todos a la misma hora… y si no lo hicieren se les aplicará una pena de dos ducados de vellón y cuatro días de cárcel.”  Desde allí se desplazaría a la calle de la plaza para volver a repetirlo.

            El texto del anterior pregón se corresponde con un auto de buen gobierno real que se tomó y mandó pregonar  después de constituido el nuevo concejo el 3 de febrero de 1752; los cargos municipales,  como es sabido, se renovaban en aquellos tiempos, anualmente a primeros de enero,.

            Hemos intentado en estas líneas poner de relieve la importancia de una figura tan esencial en la vida de una población en la Edad Media y Moderna. En la actualidad, aunque hemos tenido referencias de localidades que han mantenido casi de forma testimonial el personaje del pregonero hasta el primer tercio del siglo XX, en la práctica este oficio ha desparecido ante la fuerza de otros sistemas de comunicación más efectivos y rápidos y ha quedado sólo como una figura empleada para exaltar la celebración de actos y conmemoraciones, en Zalamea concretamente para la Semana Santa, El Romerito, y el pregón taurino como preámbulo de feria.

domingo, 15 de junio de 2025

 

UNA SINGULARIDAD: LOS “ENCUENTROS” DE NUESTRA SEMANA SANTA

 


La Semana Santa es una representación de la Pasión y Muerte de Jesús que se desarrolla a la largo de ese periodo, pero que en realidad, de acuerdo con los testimonios de los evangelistas, se inicia el Jueves Santo antes de la Santa Cena y finaliza con la crucifixión, muerte de Jesús  la hora nona, es decir sobre las tres de la tarde, y su posterior sepultura. La tradición cristiana ha extendido esta representación desde el domingo anterior, Domingo de Ramos, hasta el Domingo de Resurrección. A lo largo de ella, en muchos lugares se escenifican los “encuentros” que María, madre de Jesús, tiene con su hijo. Era una manera de  llevar a cabo lo determinado por el Concilio de Trento para impulsar estas manifestaciones religiosas que exteriorizaran la Pasión y Muerte de Nuestro Señor.

Son innumerables los lugares donde se producen estas recreaciones y de diversas maneras, pero en Zalamea se realizan de manera singular en dos momentos: el primero de ellos durante la procesión del jueves santo y el segundo al finalizar la del viernes en la puerta del Sepulcro.

Debemos insistir que se trata de una manifestación de la Pasión y Muerte con el fin de poner de relieve el dolor que sufrió la madre de Jesús durante el recorrido, crucifixión y sepultura de hijo.

Hay que aclarar que en los Evangelios no figuran estos encuentros. La única mención que se hace de ellos es aquel que nos narra San Juan, que describe que estando ya en la cruz, Jesús ve a su madre acompañada por su discípulo predilecto y les dice “Madre, he ahí a tu hijo, hijo he ahí a tu madre”. Por lo demás no existen referencias en los evangelios a que durante el recorrido haya podido haber algún otro encuentro. Esto no menoscaba la fuerza religiosa y la fe que transmiten estos actos para expresar el dolor que una madre puede sentir ante el sufrimiento de su hijo.

Veamos a continuación cuál ha sido la evolución de estos actos en el marco de los desfiles procesionales de Semana Santa en nuestro pueblo.

En Zalamea, el primero de los “encuentros”, como ya hemos dicho tiene lugar el Jueves Santo. Se celebraba probablemente desde la refundación de la hermandad en el siglo XIX, en aquellos años hay constancia gráfica de que este “encuentro” se realizaba con la antigua imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno y Nuestra Señora de la Soledad bajo un palio de seis varales; es de significar que en aquel tiempo aún no salían penitentes en la procesión del jueves santo. En 1936 se produce el incendio de la Iglesia y las ermitas y quedan destrozadas o gravemente dañadas las imágenes. Una vez finalizada la guerra civil, sobre el año 1943, parece ser, se reanudan las procesiones con un Crucificado y una imagen de Nuestra Señora de la Soledad del escultor Bidón, ambas salían tanto el jueves como el viernes santo, por lo que los “encuentros” se realizaban con esas imágenes . Este Crucificado, el viernes santo, era depositado en el Santo Sepulcro a falta de un Cristo Yacente, también destruido durante la guerra civil. En 1950 llega la nueva imagen del Cristo Yacente, reposando en una urna, del escultor Barbero, con lo que el viernes  ya dispone de una imagen distinta a la del jueves. A partir de entonces  la despedida en el sepulcro ya se hace entre ella y  la Soledad  del escultor Bidón.

En 1955 traen la nueva imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno del zalameño Manuel Domínguez y el encuentro del jueves comienza a realizarse con ella y con la Soledad de Bidón. En el año 1969 con la llegada de la Virgen de los Dolores, también de Manuel Domínguez, que saldría en procesión los jueves santos, el encuentro se realiza definitivamente con las imágenes que hoy conocemos. La singularidad de estos encuentros vienen determinados por los tres “acercamientos” que se producen el jueves durante los cuales se entonan los cánticos del “Staba Mater Dolorosa” sin acompañamiento instrumental. Aunque los “encuentros” del jueves siempre se realizaron en la calle de la Plaza, en la confluencia con la antigua calleja de la cárcel, conviene recordar que la construcción del anterior “Paseo Cuadrado” obligó a desplazarlos al final de la Avenida Andalucía donde se une con la calle Manovel. Una vez reformada la nueva Plaza, los encuentros volvieron a realizar donde originalmente se celebraba.

En cualquier caso se trata de los momentos de mayor intensidad en los desfiles procesionales de Zalamea la Real y que mayor expectación suscita entre las personas que acuden a presenciar nuestra Semana Mayor. 

viernes, 14 de febrero de 2025

SAN VICENTE MÁRTIR, NUESTRA SEÑORA DE LA CORONADA, SANTA MARIA DE ESPAÑA, SANTA MARINA Y SANTA MARÍA DE UREÑA.

Santuario de Santa María de España en las proximidades de Sotiel Coronada. En su fiesta, durante la Edad Media se usaban los calderos que les prestaba la hermandad de San Vicente.

Puede que a algunos sorprenda el título de este artículo, por lo que antes de entrar en profundidad quizá debamos aclarar que no se trata de ninguna asociación de santas y santos ni de una relación de advocaciones traídas a saco casualmente. Nada de eso. En el caso que nos ocupa hay una relación concreta que no es otra que figurar mencionados en la donación nº 8 que realiza Bartolomé Rodríguez Pastor de Ureña en las antiguas reglas de la hermandad de San Vicente de 1425.

Pero antes de ver en que consiste esa donación veamos quiénes son o de dónde proceden la veneración que se tenía de ellas en nuestra comarca. 

Sabemos que después de terminada la reconquista de toda esta zona en el siglo XIII, los monarcas castellanos promovieron la repoblación de este territorio por cristianos venidos del centro y norte `peninsular  con dos fines, el primero ocupar los espacios dejados por los musulmanes que se marcharon, permitiendo así la explotación agropecuaria de la zona y segundo asentar una población de religión cristiana que oponer a la que hasta entonces había sido dominante y de esta manera fortalecer  su dominio sobre las nuevas tierras incorporadas a su reino. Para ello concedieron grandes porciones de terreno, “las heredades”, a los que dejaban atrás sus lugares de origen  para aventurarse en terrenos desconocidos. Pero esos nuevos habitantes no vinieron solos, se trajeron con ellos a sus familias y lo que es muy importante, en el caso que nos atañe, sus devociones. Y así fue como llegaron aquí las advocaciones que figuran en el título de este artículo.

En el caso de Nuestra Señora de la Coronada y Santa María de España, su culto fue traído en el siglo XIV por repobladores que se asentaron en la comarca sur del Andévalo, construyendo sus ermitas a escasos metros una de la otra. Durante siglos circuló la leyenda de que los devotos de Santa María de España enterraron entre sus muros los restos de un destacado líder cristiano, extremo que recientes investigaciones no han podido confirmar. La posesión de su santuario sirvió de disputa entre Calañas y Valverde durante los siglos XVII y XVIII hasta que finalmente en el XIX fue asignado a Calañas. Por otra parte, Nuestra Señora de la Coronada es hoy patrona de esta población. 

En lo que se refiere a Santa Marina su culto procede de Galicia y fue una mártir del siglo II, junto con su hermana Librada o Liberata. La tradición cuenta que eran hijas de un gobernador romano que al fallecer su madre en el parto las entregó a una mujer que las educó en la fe cristiana. Pasado el tiempo tuvieron que comparecer ante su propio padre que les ofreció una vida de lujo a cambio de renunciar al cristianismo. Como no aceptaron fueron encarceladas, pero lograron huir, no obstante, mas tarde, a la edad de 15 años fueron decapitadas. Parece ser que su culto fue traído por caballeros de la Orden de Santiago que son los que lo establecieron en la comarca, concretamente en el pueblo de Cañaveral de León y, ¿quién sabe?, quizá también en el EL Villar. Probablemente su antigua ermita, como es sabido, no es la que hoy está en el centro de la aldea sino aproximadamente a un km al suroeste, donde aún pueden observarse restos de un pequeño santuario.

Santuario de Santa María de España en las proximidades de Sotiel Coronada. En su fiesta, durante la Edad Media se usaban los calderos que les prestaba la hermandad de San Vicente.


De Santa María de Ureña, poco podemos añadir que no se haya dicho antes. Su culto fue traído igualmente por repobladores castellano-leoneses que le construyeron su ermita, aprovechando los restos de un pequeño templo semiderruido a un km al este de Zalamea,  donde en el siglo XVI colocaron una imagen de esta virgen que hoy se encuentra restaurada en el Templo Parroquial de nuestro pueblo. Con el tiempo su devoción fue decayendo y el siglo XVIII su ermita se dedicó a San Blas.

Pues bien, volviendo a lo que comentamos al principio, cuando en 1425 se elige a San Vicente Mártir como patrón de Zalamea, los primeros hermanos hacen fuertes donaciones a la recién constituida hermandad de San Vicente. Todo parece indicar, como hemos dicho o
tras veces, que antes de esa elección, sin estar aún reconocido como patrón de Zalamea, ya era venerado por un grupo importante e influyente de zalameños de la época, descendientes de los que trajeron su devoción allá por los siglos XIII o XIV. Y concretamente en la donación asentada con el número 8, Bartolomé Rodríguez da dos calderos para cocer las vacas que se maten para la fiesta de la Hermandad poniendo como condición que se puedan prestar para las fiestas de Santa María de España y a la Virgen de la Coronada, pero cobrándoles 6 reales de limosna (cantidad nada desdeñable para la época, equivalente a 204 maravedíes) sin embargo se les debía dejar gratis a Santa Marina y a Santa María de Ureña. Naturalmente, para eso eran del mismo pueblo y con seguridad compartieron devotos con San Vicente.

Todo ello nos deja dos conclusiones. La primera es que todas estas devociones estaban ya asentadas en la zona antes del siglo XV, la segunda es que aquellos primeros repobladores y sus descendientes mantuvieron durante siglos una estrecha relación independientemente de dónde se asentaran.


lunes, 2 de diciembre de 2024

ZALAMEA Y LAS GUERRAS CON PORTUGAL (III)


 Volviendo de nuevo a la guerra entre ambos países, no tenemos constancia de que se produjeran enfrentamientos en nuestras inmediaciones, pero si hemos podido constatar que destacamentos del ejercito que luchó contra los portugueses se alojaron en nuestro pueblo, e incluso sabemos de algunos hijos de Zalamea que participaron en ellas. Tal es el caso de Gregorio Martín Rico de León que fue ascendido al grado de capitán en julio de 1707. Pero como suele suceder en todas las guerras la población sufre las consecuencias  y las penurias de la guerra, como sucedió en 1711 cuando el conde de Peruela requisa el trigo del Pósito para lo que se presentó en Zalamea con diez compañías de dragones, temiendo la resistencia de los lugareños, dejando en la miseria más absoluta a la población, que además en sucesivas ocasiones se vio forzada a alojar a los soldados en sus casas y a mantenerlos. Fue tal la situación en la que quedó el pueblo que la corporación se vio obligada a vender algunos bienes de propios, en concreto el llamado “Valle de Campofrío” para hacer frente a la desastrosa situación económica en que nos dejaron.

Hemos encontrado también referencias documentales acerca de que los propios militares españoles sometieron a la población a vejaciones y humillaciones. 

Finalmente en 1716, una vez finalizada la guerra se deshace el regimiento que se había formado en esta jurisdicción. Oficialmente fueron agasajados por haberse destacado de forma notoria, cubriéndose de gloria en la guerra, pero sospechamos que la alegría de la población estaría motivada por otras razones más obvias y perfectamente comprensibles.

 Años más tarde, en 1718, la Real Hacienda reconoció los esfuerzos  y méritos obrados por Zalamea en apoyo a las tropas en la pasada guerra con Portugal y acordó reducir la deuda que tenía contraída  de 27.000 reales de vellón, que nuestros antepasados no podían afrontar, a la tercera parte, es decir a 9.000 reales de vellón, que debían repartirse los capitulares tanto de ese año como de los anteriores. Tanta magnanimidad venía acompañada, sin embargo, de un apremio para que se abonara en el más breve plazo posible.

Estas dos guerras fueron las más significativas, hubo más tarde otras, entre 1735 y 1737 y entre 1761 y 1763 pero ambas afectaron a los territorios de ambos países en América del Sur. Aunque en 1762 hubo un periodo en que los enfrentamientos tuvieron lugar en la península ibérica con motivo de la intervención portuguesa en la guerra de los 7 años alineándose otra vez con los ingleses.

No pasaría mucho tiempo, entre 1776 y 1777, cuando de nuevo ambos países se vieron inmersos en otra guerra que en realidad fue una prolongación de la anterior aunque en esta ocasión las acciones militares se llevaron a cabo de nuevo   en América.

Las guerras posteriores a ese año, en 1801, están enmarcadas ya en el contexto de las alianzas de España con Francia. Francia exige a Portugal que rompa su alianza con el Reino Unido y al negarse obligó a España a invadir Portugal. La guerra duró escasamente tres semanas y se resolvió inicialmente a favor de España. Fue la llamada Guerra de las Naranjas, según cuenta por el ramo de naranjas que Godoy envió a la reina María Luisa tras el sitio de Elvas.

No hemos encontrado referencias documentales acerca de cómo afectaron estas últimas guerras a nuestro pueblo aunque suponemos que pueden tener relación con las exigencias de más impuestos a las arcas municipales.

Como podemos comprobar las relaciones entre ambos países han estado jalonadas por continuos enfrentamientos bélicos que en cualquier caso fueron sufridos, como sucede siempre, por la población de los lugares cercanos a la frontera.


domingo, 27 de octubre de 2024

ZALAMEA Y LAS GUERRAS CON PORTUGAL (II)

 


Tan sólo 60 años más tarde se desarrollaron otros enfrentamientos entre 1640 y 1668 en la llamada Guerra de Restauración. Los portugueses que no habían aceptado nunca de buen grado que un rey español se sentara en el trono de su país se rebelaron contra el monarca Felipe IV para recuperar la independencia. En realidad no se había llegado nunca a una unión formal de ambos reinos, Portugal seguía conservando su imperio y sus propios fueros, pero nuestros vecinos preferían tener su propio rey por lo que se desató una guerra que afectó especialmente a los pueblos limítrofes de la frontera entre ambos países con continuas incursiones de los ejércitos, en muchos casos faltos de disciplina, en las poblaciones cercanas realizando todo tipo de saqueos, matanzas y  violaciones.

La contienda que se prolongó durante 28 años implicó también a otros países europeos interesados en debilitar la hegemonía española. Fue probablemente el más cruento enfrentamiento entre ambas naciones, que dejó huella en la memoria colectiva de los habitantes de España  y Portugal durante mucho tiempo. Las referencias que hemos podidos conocer en textos y obras específicas acerca de la crueldad de los trágicos sucesos ocurridos durante esta guerra en los pueblos limítrofes con la frontera de ambos países son estremecedores. Los ejércitos tanto de un lado como de otro sufrían constantes deserciones que eran castigadas con las más duras penas: mutilaciones, fusilamientos sumarísimos; soldados que cambiaban de bando según los intereses y las ventajas que les ofrecían unos y otros sobre los que los oficiales tomaban represalias haciéndoselo pagar a familiares y propiedades. Las poblaciones sufrían constantes saqueos por parte de las tropas enemigas que realizaban incursiones por sorpresa y que no tenían el menor reparo en  violar a mujeres y niñas y asesinar sin distinción de género ni edad, expoliando alimentos y bienes y arrasando viviendas. Todo ello dejó una profunda herida en los dos lados de la frontera que tardó largo tiempo en sanar. No tenemos constancia, sin embargo, de que esto se produjera en nuestro pueblo, al menos no hemos encontrado referencias a ello en el archivo municipal, quizá su relativa distancia con la primera línea la mantuvo a salvo de estos desmanes.

 Finalmente España tuvo que reconocer la independencia de Portugal donde prácticamente reinaba la casa de Braganza desde el inicio del conflicto.

Los portugueses también intervinieron en la Guerra de Sucesión española entre 1701 y 1714. Carlos II, el último rey de la dinastía de los Austrias murió sin descendencia y designó heredero a Felipe de Borbón, nieto del rey de Francia, contra el que se formó una alianza de países europeos, encabezados por Gran Bretaña, que tenía sus propios intereses contrarios a la hegemonía de los Borbones. Portugal tomó partido por aquella alianza por lo que de nuevo se volvieron a repetir los enfrentamientos en la frontera con Portugal. La guerra terminó básicamente  con el tratado de Utrecht en las que nuestro país pierde sus posesiones en Europa y el peñón de Gibraltar a cambio del reconocimiento de Felipe V por las potencias emergentes europeas. Por cierto el Tratado de Utrecht sigue en vigor en lo que respecta a Gibraltar y es hoy una fuente de  controversia política internacional entre España y Reino Unido que hacen constantes referencias a él para reclamar determinadas situaciones de jurisdicción  y  sirve de base a las pretensiones españolas con respecto a su derecho a la devolución de este territorio.

 Es en estas dos guerras durante las que Zalamea se ve afectada  más directamente.

Conviene aquí realizar una aproximación al panorama social y económico de Zalamea en el periodo comprendido desde el siglo XVI al XVIII. Nos encontramos con un pueblo cuya población iría oscilando entre las 2500 y 3000 personas, repartidas entre todos los núcleos de población que constituían el municipio que incluía la propia Zalamea y sus numerosas aldeas entre las que se contaba entonces con los actuales pueblos de El Campillo, Riotinto y Nerva que no se habían emancipado aún. A finales del siglo XVI Zalamea había contraído una enorme deuda por el pago a la corona por su  “exención y libertad·. Deuda que se elevaba a 15 cuentos (millones) 104.190 maravedíes, una cantidad elevadísima para la época. A cambio recibiría una carta de privilegio que le otorgaba el dominio de su propia jurisdicción. La economía se basaba fundamentalmente en la agricultura y la ganadería, explotándose grandes extensiones de terreno como “bienes de propios” por el común de los vecinos. Igualmente se desarrollaron industrias artesanales derivadas de esa actividad agropecuaria, especialmente de lino, cera y cordobanes.

En el siglo XVIII España en general y Zalamea en particular atraviesan una difícil situación económica. De forma que dejaron de atenderse  algunas obligaciones tributarias que se tenían contraídas. A principio de este siglo Zalamea se vio obligada a embarcarse en un costoso proceso judicial para defender los privilegios otorgados en 1592, durante el cual se le impuso la figura de un alcalde mayor que ejercía su autoridad por encima de los alcaldes ordinarios. Felipe V (el primer rey de la dinastía Borbón) había declarado baldías  muchos de las terrenos de propios por lo que nuestro pueblo debió defender los derechos adquiridos en los privilegios de 1592 otorgados por Felipe II. En este marco es cuando se produce el reinicio de la explotación de las hasta ese momento olvidadas Minas de Riotinto, abriéndose otro frente de confrontación con las compañías explotadoras de las minas que a la postre acabarían con la emancipación en los siglos XIX y XX de Riotinto, Nerva y El Campillo. ///