En una época en que no había otro
medio que la palabra para comunicarse con el resto de las personas, época en la
que no había imprenta, radio, televisión, boletín oficial del estado, internet,
móviles ni redes sociales, la existencia de alguien que comunicara a los
ciudadanos las decisiones de las
autoridades municipales o las noticias de interés general, de alguien que
oficialmente cumpliera esa función era fundamental. Y ese alguien era el pregonero.
Una figura que ya era conocida en la antigüedad clásica, especialmente en el
mundo romano como el “praecones” derivado del verbo latino “praeconare” cuya
significado es dar a conocimiento público una noticia.
Veamos
como aparece esta figura en la España Medieval. Las primeras referencias al uso
del pregonero para divulgar noticias aparecen en el Poema del Mio Cid cuando se refiere a una
especie de bando que Rodrigo Díaz de Vivar ordena divulgar en los territorios
bajo su dominio en Navarra y Aragón; en el reino de Castilla en el Fuero Viejo
de Alfonso VIII, a principios del siglo
XIII, aparecen también referencias en las que se especifica el lugar donde
debían realizarse el pregón y la forma: “a grito herido”, es decir en voz todo
lo alto que fuera posible; y finalmente
también se menciona en el Código de las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio,
de mediados de ese mismo siglo, en el que se establecen algunas de las funciones
del pregonero, entre las que estaba acompañar al reo a cumplir el castigo,
revelando el delito y la pena impuesta.
Generalmente la difusión hecha por
el pregonero, que en ocasiones era denominado como el corredor público, debía
ser certificada por un escribano que daba fe de que el texto había sido puesto
en conocimiento del pueblo.
Pero veamos cuando aparece en
Zalamea y las referencias que hay en nuestro pueblo al pregonero y su cometido.
Las primeras noticias nos llegan en
las antiguas reglas de la hermandad de San Vicente en 1425. En ellas se hace
mención específica al pregonero en el capítulo 14 cuando al hablar del
arrendador de las tierras y casas de la hermandad se dice concretamente “…el
tal sacador en que se rematare las tierras y casas sean obligados a pagar los
dichos pregoneros y el escribano porque no han de pagar los priostes cosa
ninguna y así se ha de pregonar” Quedaba claro que había que publicar el
acto de arrendamiento y para ello se hace uso del pregonero y del escribano que
debía certificar tanto el acto del pregón como los documentos de arrendamiento.
Tenemos, pues, aquí la primera referencia documental a la existencia del
pregonero en la Edad Media zalameña.
Mas tarde en la Ordenanzas
Municipales de 1535, aunque entre los cargos y oficios municipales no se
menciona al pregonero, sí hay varias referencias al uso de esta figura. Entre
los cargos municipales, en las ordenanzas, sólo se concreta la existencia,
además del alcaide mayor, de dos alcaldes ordinarios, cuatro regidores, un
mayordomo y un alguacil, el escribano era una función que se ejercía por
turnos. ¿Quién pregonaba entonces? Tomaremos esa cuestión más adelante. Ahora
nos referiremos a los capítulos donde consta la necesidad de hacer pregonar
algunas cuestiones.
En
primer lugar en el capítulo 8 se hace mención a poner en pregón la
carnicería. El oficio de carnicero no era cuestión baladí y existía una
carnicería que era controlada por el concejo y regulada en las propias
ordenanzas por lo que había que dar publicidad mediante un pregón a los vecinos
interesados a hacerse cargo de ellas.
Por otro lado en el capítulo 68,
referido a cuando se deben sacar las colmenas se establece “…que todos los
que tuvieren colmenas que las saquen…dentro de los ocho días primeros desde que
fuera pregonado”. La explotación de las colmenas, de las que se extraía
miel y cera, era uno de las actividades económicas de más importancia en la
Zalamea del siglo XV, XVI y XVII, y eran muchos los zalameños de la época que
vivían de esta actividad, pero estaba regulada su práctica y la forma en que
debía llevarse a cabo. Se pregonaba los periodos en los que los colmeneros
podían sacarlas para no dar ventaja a nadie
y tenían un plazo de ocho días para hacerlo.
También
en el capítulo 72 “De cómo han de salir los vecinos cuando se soltare algún
fuego. En él se determina que “…cuando
acaeciere que se encienda un fuego, luego que los alcaldes, mayordomo o
regidores lo supieren, lo hagan pregonar”
El fuego era el mayor peligro para los terrenos de propio o comunales por lo que suponía de destrucción
de una de las principales fuentes de riqueza de los zalameños de aquel tiempo.
Se recurría entonces al pregonero para avisar de inmediato a los vecinos para
que obligatoriamente saliesen todos los mayores de 14 años a apagarlo. Se
recurría si era preciso a tocar con insistencia las campanas de la iglesia. Por
cierto, costumbre que perduró hasta mediados del siglo XX.
Hemos
hablado de la importancia de los terrenos de propio, entre los que se
encontraban las enormes dehesas, base fundamental de la subsistencia de
nuestros antepasados. Las ordenanzas establecían como debían cuidarse y
apercibir a los vecinos de su obligación
de salir a acrecentar los encinares. Apercibimiento que se hacía lógicamente a
través del pregonero, igualmente se hacía con el cuidado de las dehesillas o dehesas de menor tamaño.
De la misma manera se procedía con
las “almonedas” es decir con la subasta pública de una función
municipal, como era la guarda de la boyada, la manada de bueyes, donde los
vecinos dejaban sus reses para ser cuidadas y llevadas a pastar. También con la
recaudación de las rentas de la alcaidía. Todo ello debía hacerse con las
debidas garantías de información para todos los interesados, y la forma de
hacerlo era mediante el pregonero.
En los siglos XVII y XVIII se hacía
ya un uso habitual de este personaje.
Era el método para dar a conocer los “autos de
buen gobierno” es decir la órdenes o decisiones que toma el concejo para
regular la vida ordinaria de los habitantes de Zalamea, decisiones que
abarcaban asuntos muy diversos, desde el horario de cierre de las “panillas”, establecimientos
donde se vendía vino, vinagre y aceite, hasta las horas límite en la que la
gente podía andar sola por las calles, por lo común hasta las diez en invierno y las
once en verano. Pues bien, estas decisiones eran dadas a conocer por el
pregonero, normalmente en la plazuela de la iglesia, lo que seguramente es hoy
el porche, a la salida de misa. Téngase en cuenta que en aquel entonces la misa
del domingo era un acto obligatorio al que asistía prácticamente la totalidad
del pueblo. La realización de este pregón se hacía constar después en las actas
mediante una certificación del escribano dando fe de su publicación.
Dejamos
antes en el aire quién hacía las funciones del pregonero en los siglos XV y
XVI. En localidades de mayor envergadura tenemos constancia de la existencia de
esta figura como un oficio municipal, sin embargo en nuestro pueblo no hemos
encontrado en ese periodo datos de alguien expresamente designado para cumplir
esa función. Puede que debido a que no era necesario porque eran contadas las ocasiones en que debía pregonarse un
asunto. Posiblemente este cometido la cumpliese algún regidor o más probablemente
el aguacil. No obstante en el siglo XVIII, quizá por el uso frecuente de esa
figura para dar a conocer los acuerdos municipales es posible que ya hubiese
designado alguien para cumplir con ese menester. Así, a través de una de esas
certificaciones en las que se hacía constar el acto del pregón, en el año 1752,
nos ha llegado el nombre de uno de los pregoneros. Se llamaba Juan Martín
Garrido
Los
lugares y horas en los que se hacían pregonar los bandos o avisos eran en los
que habitualmente había concentración de personas. Los documentos nos hablan
concretamente de “la plazuela de la Iglesia a la salida de misa, o después de
los oficios divinos, en la calle de la plaza y otros sitios de pública concurrencia, fuentes, mentideros….etc
Aunque no tenemos constancia
documental de cómo se desarrollaba el acto, para que podamos hacernos todos una
idea describiremos a continuación un pregón que no debía ser muy distinto a lo
que narramos seguidamente:
Un domingo, después de los oficios
religiosos, el pregonero se sitúa en el porche de la iglesia, toca
repetidamente un cornetín para advertir a los vecinos de que se va a comunicar
algo de interés general y después de ordenar callar el alboroto lógico de la
chiquillería tras un largo periodo de silencio y quietud en la misa, el
pregonero, a grito limpio, para ser bien oído por todos, proclama, haciendo pequeñas pausas para
interesar al auditorio: “…se hace saber a todos los que esto oyeren… que el
concejo de la villa de Zalamea la Real ha acordado en fecha 3 de febrero del
corriente año de 1752,… que en adelante… los panilleros de aceite, vino y
vinagre y los sitios y estancos de aguardiente… deberán cerrar todos a la misma
hora… y si no lo hicieren se les aplicará una pena de dos ducados de vellón y
cuatro días de cárcel.” Desde allí
se desplazaría a la calle de la plaza para volver a repetirlo.
El texto del anterior pregón se
corresponde con un auto de buen gobierno real que se tomó y mandó pregonar después de constituido el nuevo concejo el 3
de febrero de 1752; los cargos municipales,
como es sabido, se renovaban en aquellos tiempos, anualmente a primeros de
enero,.
Hemos intentado en estas líneas poner
de relieve la importancia de una figura tan esencial en la vida de una
población en la Edad Media y Moderna. En la actualidad, aunque hemos tenido
referencias de localidades que han mantenido casi de forma testimonial el
personaje del pregonero hasta el primer tercio del siglo XX, en la práctica
este oficio ha desparecido ante la fuerza de otros sistemas de comunicación más
efectivos y rápidos y ha quedado sólo como una figura empleada para exaltar la
celebración de actos y conmemoraciones, en Zalamea concretamente para la Semana
Santa, El Romerito, y el pregón taurino como preámbulo de feria.

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