Çalamea, señorío del
arzobispo de Sevilla, el muy ilustrísimo y reverendísimo D. Cristobal de Rojas
y Sandoval. Año de nuestro señor de 1572.
Pascuala era una mujer
que rondaba la edad de 36 años. Ni ella misma podría asegurar cuál era la fecha
de su nacimiento. Estaba casada con Pero Prieto, pastor al servicio del
hacendado Martín González. Viven en una casa de un solo cuerpo pero con un
amplio corral al final de la calle Rollo, camino del Señor San Sebastían.
De su unión habían tenido
6 hijos, dos de los cuales fallecieron al poco de nacer. Los cuatro que habían
sobrevivido eran Bartolomé, de 16; Juliana, de 14; Martín, de 11; y Elvira de
8.
El mayor, Bartolomé,
desde que cumplió los doce años acompaña a su padre en las tareas de guarda de
las piaras de cabras, ordeñando, recogiendo el estiércol y cuidando de la boyada del patrón. Salen cada
día al amanecer y no regresan hasta dejar recogido el hato en los corrales del
amo aquí en la villa, ya oscureciendo porque las heredades de Martín González donde
deben llevar las cabras a pastar se encuentran a media legua del pueblo. Reciben
a cambio por su trabajo media arroba de leche y de tarde en tarde algún que
otro chivo.
Juliana, su segunda hija,
trabaja de sirvienta en la casa de los amos, que a cambio le proporcionan la
comida del día e incluso le dejan, cuando las tareas de la casa lo permiten, en
un acto de caridad cristiana, que reciba algunas lecciones de lectura y
escritura a la par que sus hijos para que aprenda a escribir su nombre.
Martín, el menor de los
varones quedaba en casa y reparte por la villa, con permiso de los regidores, en
unos casos vendida y en otros cambiándola por otros productos, la leche que el
patrón permite que Pero Prieto se guarde para sí diariamente en pago de sus
servicios, de él y de su hijo. Aunque la
mayor parte de esa leche la utiliza su madre para elaborar queso, que él
también vende.
Martín lo hace con esmero;
a pesar de su corta edad se había convertido en un experto comerciante. Aunque
no sabía leer ni escribir, su padre le había enseñado a contar usando los dedos
de la mano y la identificación y el valor de las monedas más usuales en Çalamea:
el real, el maravedí y la blanca . Y tenía conocimiento del valor de los
productos que los vecinos, en algunos casos, le ofrecían a cambio. La leche la
llevaba en una cántara de cerámica introducida en uno de los serones de un
pequeño y viejo asno. En el otro llevaba queso y mantequilla y en el que
depositaba también los artículos que los vecinos le daban a cambio. Llevaba como
medida para la leche un cuartillo para líquidos, que vendía a razón
de quince maravedís cada uno. El queso fresco y curado y la mantequilla de
cerdo lo vendía a 5 maravedís la libra.
— Cuida
de que no te engañen y cuando dudes responde siempre “se lo preguntaré a mi
padre” —le repetía Pero Prieto insistentemente.
Después al volver a casa
debía encargarse de limpiar el gallinero que tenían en el corral, echarle yerba
a los conejos y limpiar la zahúrda, donde su padre criaba un cerdo con licencia
del concejo, y vaciarle los desperdicios de la comida. El resto del tiempo, que
era poco, lo dedicaba a jugar con sus primos, de edades parecidas a la suya,
que vivían en la casa de enfrente, juegos que debían terminar antes de que
oscureciera.
Esa mañana, Pascuala,
antes de terminar las tareas de la casa, se arregló las enaguas de color gris
que le llegaban hasta los tobillos, se sacudió el delantal, se echó a los
hombros una pequeña toquilla y se cubrió la cabeza con un pañuelo atado por
debajo del mentón, después cogió a Elvira de la mano, le dio un pequeño cesto
con media docena de huevos, advirtiéndole:
— Llévalos
con cuidado, Elvira, no vayan a romperse.
Después salieron, el cielo está nublado, pero
no llueve, bajaron la calle, pasaron junto al rollo que estaba al final
de la cuesta, justo al comienzo de la calle de la Plaza, torció a la izquierda
en dirección a la calle Manovel. Allí había una “panilla” donde se
vendía aceite, vino y vinagre. Entró y pidió un azumbre de vino que costaba 10
maravedís y un cuartillo de aceite cuyo valor era de 14 maravedís.
Le ofreció al panillero la media docena de huevos para que se lo restara del
precio total. El buen hombre miró con expresión paciente a Pascuala y después
de observar los huevos y sopesarlos con las manos, aceptó. El precio de los
huevos estaba a 4 maravedís cada uno,
pero él le regateó:
— Pascuala,
sólo puedo darte 11 maravedís por la media docena. Son huevos pequeños.
La mujer aceptó
resignadamente. Buscó en una bolsilla que traía escondida detrás del delantal y
extrajo seis monedas de a dos maravedís y dos blancas para pagar la diferencia.
Salió de nuevo a la
calle, miró al cielo para ver si amenazaba lluvia y siempre cogiendo de la mano
a su hija, volvió, cortando por el pago
de la Alameda, a la calle de la Plaza, accediendo por la calleja de la cárcel.
Allí se encontró con Petronila, su prima por parte de madre, la mujer de Juan
Esteban, que se agachó a besar a la
pequeña y le dijo que venía de la carnicería de comprar algo de carne.
—
Los precios se han puesto por las nubes,
Pascuala. Con la sequía la carne ha subido una barbaridad, fíjate que esta libra
de carne me ha costado 28 maravedís y esta saquillo de sal 3 blancas.
— Gracias
a Dios, aún me queda una pierna de carne del último chivito que el amo le dio a
mi marido. Voy ahora a comprar algo de pan.
Se despidieron quedando al
atardecer para ir juntas, como de
costumbre, a cumplir su novena a San Vicente, porque había que ver lo lejos que
quedaba su ermita.
Pascuala llegó a la
panadería que estaba en la calle de la Cruz y pidió una hogaza de pan moreno
que costaba un real de vellón y una libra de harina por el que le
cobraron 4 maravedís y una blanca, con la harina tenía pensado preparar
unas gachas para el desayuno del día siguiente.
Pascuala inició el camino
de regreso. Pasó de nuevo por delante del rollo, se fijó que había
colgado un rulo que con seguridad contenía algunas penas impuestas a vecinos
que habían incumplido las ordenanzas municipales. Aunque se colocaba para
público conocimiento, nadie las miraba, la inmensa mayoría de los vecinos, al
igual que ella, no sabían leer. Pero había que tener cuidado con las multas,
últimamente los alcaldes ordinarios estaban siendo muy rigurosos. Se ve que el
concejo tenía que hacer frente a gastos e impuestos y al final todo repercutía
en ellos. Ella misma vendía queso fresco en su casa y hacerlo sin permiso del
concejo conllevaba una multa de 50 maravedís, por no hablar si te
sorprendían lavando en la fuente de la Alameda o la de Alonso Miguel. Debías
pagar una multa de 24 maravedís.
Pensando en ello llegó a
su casa. Una vez allí le dijo a su hija:
— Elvira,
aviva el fuego de la chimenea y pon a calentar una cazuela con agua, voy a
preparar las gachas.
—En ese momento llamaron
a la puerta. Abrió el postigo. Era Juana, la mujer de Andrés Gómez, vivían en
la calle de las Fuentes.
— Pascuala,
¿tienes queso?
— Algo
me queda.
— Dame
media libra. Mañana te pago.
— Bien,
Juana, pero no lo olvides, son dos maravedís y una blanca.
Después de entregárselo,
Pascuala se sentó delante del fuego en una especie de sillita baja con asiento de
anea, dio un profundo suspiro. Su hija se le acercó y se agachó junto a su
regazo. Ella, sin decir nada, la besó en la cabeza. Echó la harina en la
cazuela que ya había empezado a hervir.
¡Qué difícil era sacar
adelante a la familia en estos tiempos! ¡Y ellos eran seis a comer!
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El siglo XVI fue un siglo
fundamental para la historia de Zalamea. En él se produjeron hechos que
tuvieron después una gran transcendencia en la vida ordinaria de nuestro
pueblo. En 1535 se aprobaron unas ordenanzas que regularon la vida de los
zalameños durante mucho tiempo. El original de esas ordenanzas, un códice de
valor incalculable, se conserva aún y se guarda celosamente en el Ayuntamiento.
En el último tercio de ese siglo se comenzaron probablemente las obras para
agrandar la Iglesia y darle la configuración que hoy tiene. En 1580 se fundó la
Hermandad de la Vera Cruz, germen de la Semana Santa actual y por último en
junio de 1592, el hecho más importante: después de un proceso largo y costoso,
no exento de dificultades, Zalamea se emancipa del señorío arzobispal,
otorgándole el rey Felipe II una carta
de privilegios que la proclama “Villa de sí y sobre sí”, dueña de su propia
jurisdicción.
Pero fue también un siglo
lleno de grandes problemas para la gente común. Las crisis económicas por la
que atravesó la monarquía, el alza de los precios provocada por la llegada de
metales nobles de América y la inflación
causada por las frecuentes sequías repercutió enormemente sobre la población.
Hemos recreado en la
primera parte, de manera ficticia, lo que debió ser el día a día de una familia
cualquiera de Zalamea en aquellos años y aclararemos a continuación algunos
términos para hacerla más comprensible.
La esperanza de vida se
situaba alrededor de los 40 o 45 años, lo que no quiere decir que no hubiese
personas que superasen ampliamente esa edad. Nuestra protagonista tenía pues
una edad avanzada para la época. La mortalidad infantil era muy elevada, se
calcula que el 25% de los nacidos no llegaban al primer año de vida, por lo que
no era extraño que dos de los hijos de nuestra familia hubiesen fallecido al poco de nacer.
Aquella Zalamea, Çalamea
a secas aún en los documentos, era un pueblo del que dependía un extenso
término en el que habitaban alrededor de unas 3000 personas (alrededor de unos
800 vecinos), aunque en la villa no se sobrepasase los 1500. El resto estaba
repartido por núcleos rurales. La calle Rollo es la actual Ruiz Tatay, estaba
en el camino a la ermita del señor San Sebastián, hoy dedicada a La Pastora; la
calle de la Cruz es la calle donde se encuentra hoy el teatro y la
panificadora. La “panilla”, por extensión, en Zalamea era un establecimiento
donde se vendía aceite, vino y vinagre, y puede que también algún otro artículo
de consumo. El rollo era una columna de piedra o mampostería coronada por una
cruz donde se colocaban las sentencias del alcalde mayor o de los alcaldes
ordinarios. Probablemente estaba situado al final de la calle de la plaza, al
inicio de la actual calle Ruiz Tatay.
Las monedas en uso, en la época en la que
hemos situado la recreación, eran: el maravedí (unidad monetaria de referencia)
cuyo valor actual aproximado, sería unos 0,10 €; la blanca (medio maravedí); el
dinero, nombre derivado del “dinar” árabe ( de valor muy variable); el real (34
maravedís); el ducado (375 maravedís); el escudo (400 maravedís); el doblón (2
escudos). Sin embargo, las de uso habitual por su valor entre la gente común
eran el real, el maravedí y la blanca. Sus valores fluctuaron mucho a lo largo
del siglo, pero nosotros nos hemos aproximado al que debieron tener en el año
referido.
Las medidas más
frecuentes usadas en la época eran la fanega, el almud, la arroba para líquidos
(16 litros) la arroba de aceite (12 litros) el azumbre (2 litros) el cuartillo
de líquidos (1/2 litro) la libra (400 gramos) Naturalmente sus equivalencias
con las medidas actuales son aproximadas.
Los precios de los
alimentos y productos más comunes en la década de 1570 eran , con las lógicas
reservas derivadas de la variación de precios de un año a otro por la inflación,
los siguientes (damos también su equivalencia aproximada en euros actuales):
Una
docena de huevos: 48 maravedís (Unos 4 euros actuales)
Un
pollo: 40 - 50 maravedís (4-5 euros) La gallina valía el doble.
Una
libra de carne: 28 maravedís (unos 2,5 € actuales)
Una
hogaza de pan (poco menos de un kilo): un real (unos 3 €) Su precio varió mucho
en razón de la cosecha.
Un
azumbre de vino (2 litros): 8-10 maravedís (1 euro)
Una
libra de queso: 5 maravedís (0,5 euros)
Un
cuartillo de leche (1/2 litro) :15 maravedís (un euro y medio)
Un
cerdo: 50 y 100 reales (entre 150 y 300 euros)
Una fanega
de trigo: 22 reales ( 70 €)
Una
libra de tocino (400 gramos): 15 maravedís (1 -2 €)
Una
sardina en salazón (embarricada): 3-4 maravedís (0,40 €)
Una
libra de higos secos: 10 maravedís (1 euro)
Para tener una referencia
del poder adquisitivo de una familia, pensemos que en la época de la que
hablamos el salario medio de un trabajador, dependiendo de su
cualificación, podía estar entre los
50 o 80 maravedís diarios (entre 5 y 8 €). Con lo que apenas daba para
comprar una o dos hogazas de pan y una
libra de tocino. Además los “amos” o “patrones” rara vez pagaban en metálico.
Solían hacerlo en “especie”; por ejemplo a los pastores les solían dar un poco
de leche, algún chivo o lechón y ocasionalmente algunos maravedís. A los
criados les pagaban con la comida.
Para complementar sus
salarios y atender a las necesidades, las familias criaban en los corrales de
sus casas conejos, gallinas y algún que otro cerdo y cultivaban verduras, y
cuando había excedentes, huevos, ajos o pollos, los intercambiaban por los
productos que compraban completando en metálico la diferencia.
En aquellos tiempos la
gente humilde acostumbraba a realizar dos comidas, una por la mañana y otra por
la mediodía. Por la noche, cuando se podía, se tomaba algo ligero. La
alimentación se basaba fundamentalmente en gachas (una especie de sopa
espesa elaborada con harina, agua, aceite, ajo y sal), la completaban con pan, queso, cebolla, tocino,
alguna que otra vez sardinas en salazón
(embarricadas) y muy raramente algo de carne, en general acompañado de
vino. El consumo de fruta era un lujo: normalmente traída desde fuera, lo usual
era tomar la de temporada, como el caso de las brevas y los higos.
Cuando la harina estaba muy cara, se sustituía por harina de bellota que se
molía en la propia casa y con ella se elaboraban las gachas o se hacían tortas de bellota que a veces se untaban con
un poco de manteca.
El coste de la ropa era
otro aspecto a tener en cuenta; normalmente se fabricaban a partir de productos
locales; en el caso de Zalamea, el lino, la lana y estopa. Eran artículos muy
preciados y las vestimentas se reutilizaban hasta límites insospechados. Los
niños utilizaban la ropa, no ya de sus
hermanos mayores, sino la de sus padres e incluso de sus abuelos,
convenientemente remendadas y arregladas. Una prenda nueva era un artículo de
lujo.
El suspiro de Pascuala
estaba más que justificado. En verdad que sacar adelante una familia, que
generalmente solía ser numerosa, no debió ser cosa fácil.
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Pie de foto para la
ilustración : Recreación del aspecto que debía tener la
ermita del señor San Sebastián en el siglo XVI.
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