domingo, 6 de septiembre de 2026

EL COSTE DE LA VIDA EN LA ZALAMEA DEL SIGLO XVI


Çalamea, señorío del arzobispo de Sevilla, el muy ilustrísimo y reverendísimo D. Cristobal de Rojas y Sandoval. Año de nuestro señor de  1572.

Pascuala era una mujer que rondaba la edad de 36 años. Ni ella misma podría asegurar cuál era la fecha de su nacimiento. Estaba casada con Pero Prieto, pastor al servicio del hacendado Martín González. Viven en una casa de un solo cuerpo pero con un amplio corral al final de la calle Rollo, camino  del Señor San Sebastían.

De su unión habían tenido 6 hijos, dos de los cuales fallecieron al poco de nacer. Los cuatro que habían sobrevivido eran Bartolomé, de 16; Juliana, de 14; Martín, de 11; y Elvira de 8.

El mayor, Bartolomé, desde que cumplió los doce años acompaña a su padre en las tareas de guarda de las piaras de cabras, ordeñando, recogiendo el estiércol y  cuidando de la boyada del patrón. Salen cada día al amanecer y no regresan hasta dejar recogido el hato en los corrales del amo aquí en la villa, ya oscureciendo porque las heredades de Martín González donde deben llevar las cabras a pastar se encuentran a media legua del pueblo. Reciben a cambio por su trabajo media arroba de leche y de tarde en tarde algún que otro chivo.

Juliana, su segunda hija, trabaja de sirvienta en la casa de los amos, que a cambio le proporcionan la comida del día e incluso le dejan, cuando las tareas de la casa lo permiten, en un acto de caridad cristiana, que reciba algunas lecciones de lectura y escritura a la par que sus hijos para que aprenda a escribir su nombre.

Martín, el menor de los varones quedaba en casa y reparte por la villa, con permiso de los regidores, en unos casos vendida y en otros cambiándola por otros productos, la leche que el patrón permite que Pero Prieto se guarde para sí diariamente en pago de sus servicios, de él y de su hijo.  Aunque la mayor parte de esa leche la utiliza su madre para elaborar queso, que él también vende.

Martín lo hace con esmero; a pesar de su corta edad se había convertido en un experto comerciante. Aunque no sabía leer ni escribir, su padre le había enseñado a contar usando los dedos de la mano y la identificación y el valor de las monedas más usuales en Çalamea: el real, el maravedí y la blanca . Y tenía conocimiento del valor de los productos que los vecinos, en algunos casos, le ofrecían a cambio. La leche la llevaba en una cántara de cerámica introducida en uno de los serones de un pequeño y viejo asno. En el otro llevaba queso y mantequilla y en el que depositaba también los artículos que los vecinos le daban a cambio. Llevaba como medida para la leche un cuartillo para líquidos, que vendía a razón de quince maravedís cada uno. El queso fresco y curado y la mantequilla de cerdo lo vendía a 5 maravedís la libra.  

     Cuida de que no te engañen y cuando dudes responde siempre “se lo preguntaré a mi padre” —le repetía Pero Prieto insistentemente.

Después al volver a casa debía encargarse de limpiar el gallinero que tenían en el corral, echarle yerba a los conejos y limpiar la zahúrda, donde su padre criaba un cerdo con licencia del concejo, y vaciarle los desperdicios de la comida. El resto del tiempo, que era poco, lo dedicaba a jugar con sus primos, de edades parecidas a la suya, que vivían en la casa de enfrente, juegos que debían terminar antes de que oscureciera.

Esa mañana, Pascuala, antes de terminar las tareas de la casa, se arregló las enaguas de color gris que le llegaban hasta los tobillos, se sacudió el delantal, se echó a los hombros una pequeña toquilla y se cubrió la cabeza con un pañuelo atado por debajo del mentón, después cogió a Elvira de la mano, le dio un pequeño cesto con media docena de huevos, advirtiéndole:

     Llévalos con cuidado, Elvira, no vayan a romperse.

 Después salieron, el cielo está nublado, pero no llueve, bajaron la calle, pasaron junto al rollo que estaba al final de la cuesta, justo al comienzo de la calle de la Plaza, torció a la izquierda en dirección a la calle Manovel. Allí había una “panilla” donde se vendía aceite, vino y vinagre. Entró y pidió un azumbre de vino que costaba 10 maravedís y un cuartillo de aceite cuyo valor era de 14 maravedís. Le ofreció al panillero la media docena de huevos para que se lo restara del precio total. El buen hombre miró con expresión paciente a Pascuala y después de observar los huevos y sopesarlos con las manos, aceptó. El precio de los huevos  estaba a 4 maravedís cada uno, pero él le regateó:

     Pascuala, sólo puedo darte 11 maravedís por la media docena. Son huevos pequeños.

La mujer aceptó resignadamente. Buscó en una bolsilla que traía escondida detrás del delantal y extrajo seis monedas de a dos maravedís y dos blancas para pagar la diferencia.

Salió de nuevo a la calle, miró al cielo para ver si amenazaba lluvia y siempre cogiendo de la mano a su hija,  volvió, cortando por el pago de la Alameda, a la calle de la Plaza, accediendo por la calleja de la cárcel. Allí se encontró con Petronila, su prima por parte de madre, la mujer de Juan Esteban, que se agachó a besar  a la pequeña y le dijo que venía de la carnicería de comprar algo de carne.

     Los precios se han puesto por las nubes, Pascuala. Con la sequía la carne ha subido una barbaridad, fíjate que esta libra de carne me ha costado 28 maravedís y esta saquillo de sal 3 blancas.

     Gracias a Dios, aún me queda una pierna de carne del último chivito que el amo le dio a mi marido. Voy ahora a comprar algo de pan.

Se despidieron quedando al atardecer  para ir juntas, como de costumbre, a cumplir su novena a San Vicente, porque había que ver lo lejos que quedaba su ermita.

Pascuala llegó a la panadería que estaba en la calle de la Cruz y pidió una hogaza de pan moreno que costaba un real de vellón y una libra de harina por el que le cobraron 4 maravedís y una blanca, con la harina tenía pensado preparar unas gachas para el desayuno del día siguiente.

Pascuala inició el camino de regreso. Pasó de nuevo por delante del rollo, se fijó que había colgado un rulo que con seguridad contenía algunas penas impuestas a vecinos que habían incumplido las ordenanzas municipales. Aunque se colocaba para público conocimiento, nadie las miraba, la inmensa mayoría de los vecinos, al igual que ella, no sabían leer. Pero había que tener cuidado con las multas, últimamente los alcaldes ordinarios estaban siendo muy rigurosos. Se ve que el concejo tenía que hacer frente a gastos e impuestos y al final todo repercutía en ellos. Ella misma vendía queso fresco en su casa y hacerlo sin permiso del concejo conllevaba una multa de 50 maravedís, por no hablar si te sorprendían lavando en la fuente de la Alameda o la de Alonso Miguel. Debías pagar una multa de 24 maravedís.

Pensando en ello llegó a su casa. Una vez allí le dijo a su hija:

     Elvira, aviva el fuego de la chimenea y pon a calentar una cazuela con agua, voy a preparar las gachas.

—En ese momento llamaron a la puerta. Abrió el postigo. Era Juana, la mujer de Andrés Gómez, vivían en la calle de las Fuentes.

     Pascuala, ¿tienes queso?

     Algo me queda.

     Dame media libra. Mañana te pago.

     Bien, Juana, pero no lo olvides, son dos maravedís y una blanca.

Después de entregárselo, Pascuala se sentó delante del fuego en una especie de sillita baja con asiento de anea, dio un profundo suspiro. Su hija se le acercó y se agachó junto a su regazo. Ella, sin decir nada, la besó en la cabeza. Echó la harina en la cazuela que ya había empezado a hervir.

¡Qué difícil era sacar adelante a la familia en estos tiempos! ¡Y ellos eran seis a comer!

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El siglo XVI fue un siglo fundamental para la historia de Zalamea. En él se produjeron hechos que tuvieron después una gran transcendencia en la vida ordinaria de nuestro pueblo. En 1535 se aprobaron unas ordenanzas que regularon la vida de los zalameños durante mucho tiempo. El original de esas ordenanzas, un códice de valor incalculable, se conserva aún y se guarda celosamente en el Ayuntamiento. En el último tercio de ese siglo se comenzaron probablemente las obras para agrandar la Iglesia y darle la configuración que hoy tiene. En 1580 se fundó la Hermandad de la Vera Cruz, germen de la Semana Santa actual y por último en junio de 1592, el hecho más importante: después de un proceso largo y costoso, no exento de dificultades, Zalamea se emancipa del señorío arzobispal, otorgándole el rey  Felipe II una carta de privilegios que la proclama “Villa de sí y sobre sí”, dueña de su propia jurisdicción.

Pero fue también un siglo lleno de grandes problemas para la gente común. Las crisis económicas por la que atravesó la monarquía, el alza de los precios provocada por la llegada de metales nobles de América  y la inflación causada por las frecuentes sequías repercutió enormemente sobre la población.

Hemos recreado en la primera parte, de manera ficticia, lo que debió ser el día a día de una familia cualquiera de Zalamea en aquellos años y aclararemos a continuación algunos términos para hacerla más comprensible.

La esperanza de vida se situaba alrededor de los 40 o 45 años, lo que no quiere decir que no hubiese personas que superasen ampliamente esa edad. Nuestra protagonista tenía pues una edad avanzada para la época. La mortalidad infantil era muy elevada, se calcula que el 25% de los nacidos no llegaban al primer año de vida, por lo que no era extraño que dos de los hijos de nuestra familia hubiesen fallecido  al poco de nacer.

Aquella Zalamea, Çalamea a secas aún en los documentos, era un pueblo del que dependía un extenso término en el que habitaban alrededor de unas 3000 personas (alrededor de unos 800 vecinos), aunque en la villa no se sobrepasase los 1500. El resto estaba repartido por núcleos rurales. La calle Rollo es la actual Ruiz Tatay, estaba en el camino a la ermita del señor San Sebastián, hoy dedicada a La Pastora; la calle de la Cruz es la calle donde se encuentra hoy el teatro y la panificadora. La “panilla”, por extensión, en Zalamea era un establecimiento donde se vendía aceite, vino y vinagre, y puede que también algún otro artículo de consumo. El rollo era una columna de piedra o mampostería coronada por una cruz donde se colocaban las sentencias del alcalde mayor o de los alcaldes ordinarios. Probablemente estaba situado al final de la calle de la plaza, al inicio de la actual calle Ruiz Tatay.

 Las monedas en uso, en la época en la que hemos situado la recreación, eran: el maravedí (unidad monetaria de referencia) cuyo valor actual aproximado, sería unos 0,10 €; la blanca (medio maravedí); el dinero, nombre derivado del “dinar” árabe ( de valor muy variable); el real (34 maravedís); el ducado (375 maravedís); el escudo (400 maravedís); el doblón (2 escudos). Sin embargo, las de uso habitual por su valor entre la gente común eran el real, el maravedí y la blanca. Sus valores fluctuaron mucho a lo largo del siglo, pero nosotros nos hemos aproximado al que debieron tener en el año referido.

Las medidas más frecuentes usadas en la época eran la fanega, el almud, la arroba para líquidos (16 litros) la arroba de aceite (12 litros) el azumbre (2 litros) el cuartillo de líquidos (1/2 litro) la libra (400 gramos) Naturalmente sus equivalencias con las medidas actuales  son aproximadas.

Los precios de los alimentos y productos más comunes en la década de 1570 eran , con las lógicas reservas derivadas de la variación de precios de un año a otro por la inflación, los siguientes (damos también su equivalencia aproximada en euros actuales):

Una docena de huevos: 48 maravedís (Unos 4 euros actuales)

Un pollo: 40 - 50 maravedís (4-5 euros) La gallina valía el doble.

Una libra de carne: 28 maravedís (unos 2,5 € actuales)

Una hogaza de pan (poco menos de un kilo): un real (unos 3 €) Su precio varió mucho en razón de la cosecha.

Un azumbre de vino (2 litros): 8-10 maravedís (1 euro)

Una libra de queso: 5 maravedís (0,5 euros)

Un cuartillo de leche (1/2 litro) :15 maravedís (un euro y medio)

Un cerdo: 50 y 100 reales (entre 150 y 300 euros)

Una fanega de trigo: 22 reales ( 70 €)

Una libra de tocino (400 gramos): 15 maravedís (1 -2 €)

Una sardina en salazón (embarricada): 3-4 maravedís (0,40 €)

Una libra de higos secos: 10 maravedís (1 euro)

 

Para tener una referencia del poder adquisitivo de una familia, pensemos que en la época de la que hablamos el salario medio de un trabajador, dependiendo de su cualificación,  podía estar entre los 50 o 80 maravedís diarios (entre 5 y 8 €). Con lo que apenas daba para comprar una o dos hogazas  de pan y una libra de tocino. Además los “amos” o “patrones” rara vez pagaban en metálico. Solían hacerlo en “especie”; por ejemplo a los pastores les solían dar un poco de leche, algún chivo o lechón y ocasionalmente algunos maravedís. A los criados les pagaban con la comida.

Para complementar sus salarios y atender a las necesidades, las familias criaban en los corrales de sus casas conejos, gallinas y algún que otro cerdo y cultivaban verduras, y cuando había excedentes, huevos, ajos o pollos, los intercambiaban por los productos que compraban completando en metálico la diferencia.

En aquellos tiempos la gente humilde acostumbraba a realizar dos comidas, una por la mañana y otra por la mediodía. Por la noche, cuando se podía, se tomaba algo ligero. La alimentación se basaba fundamentalmente en gachas (una especie de sopa espesa elaborada con harina, agua, aceite, ajo y sal),  la completaban con pan, queso, cebolla, tocino,  alguna que otra vez sardinas en salazón (embarricadas) y muy raramente algo de carne, en general acompañado de vino. El consumo de fruta era un lujo: normalmente traída desde fuera, lo usual era tomar la de temporada, como el caso de las brevas y los higos. Cuando la harina estaba muy cara, se sustituía por harina de bellota que se molía en la propia casa y con ella se elaboraban las gachas o se hacían  tortas de bellota que a veces se untaban con un poco de manteca.

El coste de la ropa era otro aspecto a tener en cuenta; normalmente se fabricaban a partir de productos locales; en el caso de Zalamea, el lino, la lana y estopa. Eran artículos muy preciados y las vestimentas se reutilizaban hasta límites insospechados. Los niños utilizaban la ropa, no ya  de sus hermanos mayores, sino la de sus padres e incluso de sus abuelos, convenientemente remendadas y arregladas. Una prenda nueva era un artículo de lujo.

El suspiro de Pascuala estaba más que justificado. En verdad que sacar adelante una familia, que generalmente solía ser numerosa, no debió ser cosa fácil.

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Pie de foto para la ilustración : Recreación del aspecto que debía tener la ermita del señor San Sebastián en el siglo XVI.

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